viernes, 16 de abril de 2010

CAPÍTULO 12: EL SURGIMIENTO DE LAS NACIONES

EL SURGIMIENTO DE LAS NACIONES

1. Introducción

Se desarrollará en este capítulo el proceso por el cual la época moderna europea dejó de ser una unidad institucional con una conciencia universal (la Cristiandad medieval) para construir una nueva forma organizativa institucional: las naciones. La cultura europea se expandió por todo el planeta, universalizándose, a partir de esta institución particular. La nación moderna (en rigor, sólo se puede hablar de naciones a partir de la modernidad), es una institución particular, y por esta razón no fue «Europa» como totalidad y con un modelo único[1] la que se expandió, sino que se trató de una multiplicidad de proyectos nacionales, con carac­terísticas particulares y diferentes instrumentalizaciones. Ini­cialmente, estos proyectos nacionales coexistieron, pero, al desarro­llarse, unos tuvieron éxito y otros fracasaron.

Se habla de proyectos particulares porque la nación es una institución que expresa la particularidad de los diferentes pue­blos que se ha ido formando durante la época medieval. Es decir que los británicos, los galos, los germanos, los romanos, etc., dejan de participar de una institución universal y se van dando organizaciones particulares. De manera, que los mismos problemas (que el mundo medieval no pudo resolver y que son comunes a toda Europa) van a ser encarados de manera diferente en cada región, y articulados singularmente por cada pueblo.

La nación es una institución paradójica: por un lado, tiene características propias de la modernidad: disuelve los vínculos naturales o históricos tradicionales que subsumían a los individuos en la comunidad a la que pertenecía, constituyendo a los «ciudadanos» (individuos abstractamente iguales ante la Ley de la Nación -Constitución Nacional-); por otro lado, resulta imposible definir una nación sin hacer referencia a los contenidos particulares de la «identidad nacional», como las etnias, las costumbres, los lazos religiosos, la raíces comunes, etc.

Se suele interpretar a la modernidad como un proceso único y homogéneo, pero en realidad se trata de un período enormemente fluido y plástico, en el que hay una multiplicidad y varie­dad muy rica. Es interesante percibir cómo fueron surgiendo estos proyectos desde su particularidad y cómo a partir de ellos se fue unificando el mundo; es decir, que no es Europa la que unifica al planeta, sino las naciones europeas. Se fue desarro­llando cada vez más una conciencia nacional, particular, y a su vez, una conciencia planetaria, universal, al ir conquistando el globo, es decir, al globalizarse. El punto de partida es particular pero el resultado es universal.

Este análisis comienza en el siglo XVI y se extiende hasta fines del siglo XVIII (abarcando el mismo período que analizado en el capítulo anterior). Se analizarán cuatro ejemplos paradigmá­ticos de los proyectos modernos de nación, realzando la diferencias al enfrentar proble­mas comunes. Estos proyectos son:

1) Las ciudades italianas, de los Países Bajos y del norte de Alemania. Son ciudades-puertos, muy desarrolladas comercialmente (nuclean la mayor parte del intercambio entre las localidades mediterráneas del continente), con un rápido creci­miento de la burguesía y son el ámbito en que se da (desde el punto de vista cultural) el Renacimiento y el Humanismo. Es un modelo análogo al de la polis griega, donde no se gesta una unidad política por sobre las ciudades.

2) El proyecto del imperio universal de Carlos V, quien heredó casi toda Europa continental (excepto Francia) y las colo­nias americanas.

3) El proyecto francés de Nación-estado, que va a centralizar unita­riamente al pueblo galo, y a partir de allí se va a expandir por el continente.

4) El proyecto británico, que se difundió no a partir del dominio político o cultural, sino fundamentalmente desde la econo­mía política.

2. El proyecto de las ciudades-estado

Las ciudades-estado del Renacimiento constituyen un modelo de organización particular para Europa. Es el primer proyecto que se forja con la ruptura del orden feudal y el que ha estado a la vanguardia de la mayoría de los grandes cambios considerados en el capítulo anterior.

El humanismo renacentista es propio de estas ciudades. Por ejemplo, Petrarca y Bocaccio en las ciudades italianas, Erasmo de Rotterdam en los Países Bajos, Tomás Moro en Inglaterra, etc. Ellos retomaron el «cosmopolitismo» de las concepciones de los filósofos helenistas, sosteniendo que el hombre es un ser libre que tiene la capacidad de tomar decisiones por encima de los poderes y los intereses terrenales. Aun cuando buscaron la armonía con la Iglesia, plantearon una conciencia universal, desde la autonomía de los individuos. Esta conciencia que postula su autonomía respecto del poder y las instituciones se desarrolla paralelamente al proceso de consolidación de la burguesía naciente que se realizó en estas ciudades y que formó el sistema bancario y finan­ciero típicamente moderno, a partir de una abstracción cada vez mayor del valor.

Desde el punto de vista del arte, en estas ciudades-estado del Renacimiento se creó una nueva manera de mirar la realidad y la naturale­za; como también, una nueva imagen del artista: surgió el artista-genio, que firmaba sus obras. Las obras de arte dejaron de ser el producto de un trabajo colectivo, y se convierten en la creación de un genio individual, cuyo paradigma es Leonardo da Vinci. El artista ya no era un imitador de la naturaleza sino el creador de una obra cuya belleza no dependía de la armonía de lo creado. En todo caso, el artista es un imitador de la naturaleza o de Dios en tanto creadores. El artista del Renacimiento alcanza así una mayor dignidad, deja de ser considerado un artesano, un fabricante de cosas útiles, y deviene en creador de obras bellas. A partir de este momento, las bellas artes se separan del resto de las artes útiles o mecánicas. Este período de la historia del arte, que llega a su culminación con las obras de Leonardo, Miguel Angel y Rafael, se ha denominado clasisismo moderno (para diferenciarlo del arte griego llamado clasisismo antiguo). Las principales características del período son: “arte imitativo de lo general o idealizado; belleza formal abstracta, o sea, que busca esencialmente la armonía o unidad en la variedad”[2].

En las ciudades-estado se desarrolló también un nuevo enfoque del saber científico, cuyos paradigmas son Galileo Galilei y Nicolás Maquiave­lo.

Durante varios siglos las ciudades-estado fueron focos culturales fundamentales para Europa, pero su modelo político quedó restringido dentro de una Europa de ciudades, con una conciencia universal (cultural) dentro de una institución particular (la ciudad autónoma, no la nación). Desde el punto de vista del dominio político, este es el proyecto que menos se desarrolló. Se limitó a dar consejos y asesoría al Imperio de Carlos V, pero no generó una institución política efectiva.

3. El proyecto del imperio universal de Carlos V

Hacia fines del siglo XV el eje geográfico comenzó a desplazarse: ya no pasó por el mar Mediterráneo sino que se corrió hacia el océano Atlántico. Con este desplazamiento comenzaron a tener hegemonía las naciones que miraban hacia el «mar Desconocido»: España y Portugal, primero, Holanda y Gran Bretaña, después. El proyecto de Carlos V hay que comprenderlo a partir de este cambio del eje geográfico. Es difícil de analizar, ya que es un proyecto que fracasó -como el anterior y con el cual se articula­ba-, pero a la vez, tiene una enorme importancia para nosotros, porque América fue conquistada, colonizada y evangelizada desde ese proyecto (al menos hasta principios del siglo XVIII en que la familia de los Borbones reemplaza a la casa de Austria).

Carlos V heredó diversas coronas como resultado de matrimo­nios y alianzas entre las grandes dinastías, entre las familias gobernantes continentales. Las familias estaban, de alguna manera, por encima de los pueblos concretos. Carlos V se encontró con que gobernaba casi toda Europa (salvo Francia y Gran Bretaña) y los territo­rios americanos colonizados; es decir, un imperio universal.

Se planteó entonces la necesidad de un Estado Universal, para todos los hombres, que contuviese a todas las naciones, que fuera cristiano, que unificara Europa, que colonizase América y se extendiese, incluso, al resto del mundo. En un momento histórico en que sur­gen las conciencias particulares, en que se comienzan a plasmar las naciones modernas, Carlos V rescató la idea de un Imperio Universal Cristiano.

Un rasgo importante es que el gabi­nete de Carlos V estuvo formado por el pensamiento de Erasmo; esto es, por un pensamiento «humanista», cosmopolita, universalista, al que era extraña la idea de nación. Desde esta perspectiva, se trató de contener a las distintas particularidades que el imperio articula­ba: España, los Países Bajos, Alemania, parte de Italia, América del Sur, y cada una con un tratamiento particular. Sin embargo, el surgimiento de las conciencias nacionales y, principalmente, la Reforma luterana, hicieron fracasar el proyecto, si bien los erasmistas se esforzaron por conciliar el espíritu humanista del Renacimiento con la Reforma, las artes y las ciencias con la fe y la singularidad del sujeto.

El imperio de Carlos V encarnaba una conciencia universal, para la cual debía primar la conciencia del todo y no los intereses de las partes. Esta universalidad se expresó no sólo en el proyecto de crear un imperio universal, sino también en la resolución de los problemas de cada particularidad desde la totalidad. Un ejemplo de ello es la polémica (iniciada en España) sobre la condición de los habitantes que los conquistadores encontraron en América[3]. Ésta se resolvió favorablemente para los indígenas, en el sentido que se les reconoció la igualdad de naturaleza[4].

El imperio de Carlos V tuvo un obstáculo insalvable para su viabilidad histórica en las particularidades y diferencias que contenía: diferencias de intereses y de conciencia entre Alemania y España, entre los Países Bajos o Italia y Améri­ca. El hecho fundamental de que este proyecto univer­sal era el resultado de una conciencia restringida a pocos hom­bres, a una élite de intelectuales, representó un obstáculo importante para su realización y desarrollo. No era el proyecto de todos y cada uno de los pueblos que participaron en el seno del Imperio, sino el producto de una conciencia supranacional compartida por una mino­ría.

A los alemanes no les interesaba la conquista de América, pues tenían otros problemas. Incluso a los mismos españoles el esfuerzo dirigido a la colonización les generó grandes contradic­ciones. Por ejemplo, la gran inflación resultante de la introduc­ción de metales preciosos provocó la quiebra del sistema económi­co, al generar un alza creciente de los precios. Ello a su vez, motivó reacciones contra el Imperio.

Tanto el proyecto de las ciudades-estado, como el Imperio Universal de Carlos V fracasaron. Ambos eran portadores de una conciencia universal. Ambos fueron incapaces de construir una institución universal, que pudiese encarnar esa conciencia. Desde entonces, no se produjeron más instituciones univer­sales en Europa, hasta el siglo XIX.

Los proyectos victoriosos: la institución del estado-nación

A continuación se analizarán los proyectos francés y británico, que son los que han triunfado y los que se han realiza­do efectivamente, planteando el modelo organizativo para los siglos siguientes. El modelo institucional del estado-nación ha sido aquel a partir del cual se han resuelto los problemas que aparecieron desde los comienzos de la modernidad hasta hoy. En la presentación se van a acentuar las diferencias y particula­ridades para poder comprenderlos mejor. La unidad nacional es una condición indispensable para que la burguesía tuviera un poder competitivo frente a la nobleza feudal, y pudiera “eliminar las limitaciones de la estrecha economía medieval y, con ellas, los restos de feudalismo. Para posibilitar el establecimiento de un sistema de intercambio libre de trabas, seguro y homogéneo, este gobierno debe vencer toda resistencia, remover todo obstáculo y hacer uso de una violencia despiadada, pasando por encima de todos los horrores y miserias humanas que engendra un período de transición: resumiendo, debe allanar el camino al orden burgués en el ámbito más amplio y más autónomo posible”[5].

Para que la unidad nacional pueda ser construida, fue necesa­rio que el rey venciese a los señores feudales, que una conciencia más amplia, más general, se impusiese a las conciencias particula­res, locales, de las familias feudales. ¿Cómo se han producido estos procesos en los proyectos que se han tomado como modelo? ¿Cuáles han sido los métodos de cada uno de ellos? ¿Cuáles han sido los resultados y las consecuencias para los siglos posterio­res?

4. El proyecto francés de Nación

Ha sido constante en la Europa moderna, que los reyes realizaran alian­zas con los banqueros, con los grandes financistas y con los nuevos sectores sociales burgueses ascendentes en contra de los señores feudales y las familias terratenientes. Pero Francia se fue dando un modelo particular: creó un Estado altamente centrali­zado, en el que la totalidad del territorio se controlaba desde un punto. ¿Cómo se realizó este proceso?

Los reyes de Francia fueron desalojando a los señores feuda­les de diversas formas políticas y económicas. Crearon un sistema de intendencias con autoridades nombradas por el rey, con el fin de gobernar y administrar las distintas regiones, mientras la propie­dad de los territorios se mantuvo a nombre de las familias tradi­cionales. Pero al mismo tiempo, el rey creó una corte, donde reunió a los nobles, dándoles títulos honoríficos y un lugar a su lado, pero alejándolos de sus territorios. Todo esto tiene un alto costo económico: un ejército centralizado que responde al rey, una estructura de administración y gobierno (intendencias), una corte lujosa y ociosa. El sistema económico que se implantó para responder a la situación fue el mercantilismo (semejante al que implementaron los españoles, que también requería una estruc­tura centralizada), cuya premisa básica es que como el Estado es el que organiza toda la vida de la sociedad, requiere de muchos ingresos. Para ello se cobran altos impuestos y se crean monopo­lios estatales.

Así resume un historiador de las ideas económicas los principios del mercantilismo y la relación entre la burguesía y el Estado: “El mercantilismo desarrollará la tesis según la cual el Estado aumenta su fuerza favoreciendo el enriquecimiento de los ciudadanos. Los autores que defienden esta tesis son a menudo comerciantes, financieros, fabricantes. Aparentemente, su gran preocupación estriba en el poder del Estado. Pero la mayoría defiende al Estado porque cree que la prosperidad del comercio de una nación está estrechamente relacionada con la expansión del poder político del soberano y el éxito de sus campañas militares en tierra y sobre todo en el mar. Así se pasa de la idea del Estado como fin supremo de la vida humana a la idea de la riqueza como valor supremo.

[...] “Esta primera teoría de las «armonías económicas» podría resumirse diciendo que el desarrollo de la industria y de las exportaciones, que es para los comerciantes el objetivo a alcanzar (puesto que es esto lo que produce beneficios), constituye el medio para el Estado de alcanzar sus propios fines: la abundancia de hombres y de dinero; mientras que, recíprocamente, la abundan­cia de hombres y de dinero, objetivo del Estado es el medio que permite a los comerciantes alcanzar sus objetivos[6]. Era un sistema de alta presión social, con muy poca dinámica interna, pero que recién hizo explosión en la Revolución Francesa, con un quiebre muy duro, precisamente, como consecuencia de la alta compresión del sistema.

Se constituyó así, una nación fuertemente centralizada a partir del Estado absoluto. Una vez lograda la unificación nacional, el proyecto de Francia consistió en expandirse hacia el resto del continente europeo con el fin de unificarlo. Es un modelo imperialista que, partiendo de la unidad nacional sólidamente consolidada, expande su sistema a través del domino político-militar (tal como se ha ejemplificado paradigmáticamente en el ideal napoleónico de Imperio). Notemos que así como se parte de la consolidación nacional, para después expandirse, así también esta expansión tendrá como objetivo lograr la unidad de Europa, antes que la dominación del resto del mundo. Esta caracte­rística marca una clara diferencia con el proyecto británico (como se verá a continuación) y también con el proyecto de Carlos V; pues éste se plantea la unificación de Europa como un Imperio (y no como una nación que se expande), e incluye dentro de ese Imperio a todo el resto del planeta (y no se limita a Europa). Por el contrario, cuando Francia estuvo en condiciones de unificar Europa (con Napoleón) se vendieron los territorios fran­ceses de América del Norte para financiar la guerra europea.

5. El proyecto británico de dominación económica

La unificación del reino de Gran Bretaña tuvo un desarrollo histórico diferente del francés. La relación entre los señores feudales y el rey se resolvió en las islas de manera distinta, ya que los señores se aliaron e impidieron el absolutismo monárquico. El soberano fue reconocido, pero sólo pudo gobernar asistido por los señores feudales, quienes condicionaron permanentemente el poder del rey. Los señores feudales, la nobleza terrateniente, mantuvo para sí la prerrogativa del cobro de los impuestos; impidiendo de este modo que el rey forjara una administración pública centrali­zada o un ejército propio (independiente del de los señores), al no tener finanzas que los subsidien.

Como consecuencia de lo anterior, el Estado tuvo muy poco desarrollo en Gran Bretaña, y prácticamente no hubo en todo el primer período funcionarios estatales, ni intendencias, ni centra­lización. Los distritos eligieron sus autoridades por votación. Los jueces de paz eran nombrados por el parlamento, controlado por las familias terratenientes. El Estado era sumamente descentrali­zado, y (lo que es más importante aun) el sistema económico de la sociedad participaba del poder político, y lo fue haciendo de una manera progresiva. La burguesía logró obtener «un espacio» en el poder en relación a los terratenientes. De allí la división en cámaras del parlamento: los Lores (terratenientes) y los Comunes (burgueses).

A mediados del siglo XVII estalló la guerra civil como resul­tado de los antagonismos generados por la nueva familia real (la casa de Estuardo), que era de origen escocés, católica y relacio­nada por lazos sanguíneos con los monarcas franceses. Los Estuardo tendieron al desarrollo del absolutismo, y como consecuencia a un modelo centralizado del aparato estatal. Los burgueses-puritanos, encabezados por Oliver Cromwell, derrotaron al rey y a sus aliados terratenientes, lo condenaron a muerte e instauraron la República. Los objetivos originalmente políticos de la revolución derivaron en el intento de extenderse a lo social, por lo que Cromwell se vio obligado a implantar una dictadura que se prolongó por una década, hasta su muerte. Después del breve período republicano, la monarquía fue restaurada sin que pudiera consolidarse el absolutismo. En 1688 se produjo la «Revolución Gloriosa» conducida por Guillermo de Orange, a partir de la cual los británicos lograron constituir un sistema muy estable, con equilibrio interno de poderes. John Locke fue el ideólogo del sistema político británico fundado en el derecho natural, en el que se logra establecer un Estado de derecho donde la ley protege las libertades individuales de pensamiento, religión, trabajo y propiedad. De esta manera, la fuerza básicamente económica de las clases terrateniente y burguesa tiene en el derecho a la vez una protección y un instrumento para el control del despotismo del Estado al que tiende la monarquía. Esta concepción del derecho funda la separación de la sociedad civil y del Estado, es decir, crea un ámbito de los derechos humanos protegidos del ejercicio del poder político.

El modelo de expansión británica se fue desarrollando principalmente sobre la base y el modelo de las empresas comerciales. La expansión de la flota de ultramar y el dominio de los mares desde la derrota de la «Armada Invencible» española, le permitieron desarrollar una estrategia particular: el control de los puertos a partir de los cuales se estableció una supremacía económica. Mientras que Francia se había expandido fundamentalmente a partir del dominio político-militar y España había concebido la conquista como una expansión político-cultural, Gran Bretaña se expandió a partir del dominio político-económico, estableciendo una red de relaciones económicas y comerciales en todo el mundo. No era una expansión política, de conquista territo­rial o cultural, porque no hubo fusión ni mestizaje con las otras culturas, sino que los enclaves británicos siempre conservaron sus caracteres propios, su distancia frente a los otros pueblos[7].

Gran Bretaña estableció relaciones comerciales con todo el mundo, a diferencia de Francia, que postergó la expansión por el resto del mundo, subordinándola al dominio del continente europeo. Gran Bretaña no intentó dominar el continente, sino que su estra­tegia hacia Europa consistió en no permitir que ninguna nación lograse unificar el continente. Cuando alguna nación o imperio se expandió con la pretensión de unificar Europa, Gran Bretaña intervino en su contra, haciendo alianzas con los enemigos de aquélla, dividiendo a sus aliados y combatiendo en su contra. Si se piensa en las guerras contra Espa­ña, aliada a Francia; o contra Napoleón, aliada a los alemanes; o contra el «Tercer Reich», aliada a Francia y la U.R.S.S., se advierte que esta política ha sido permanente.

En síntesis, a partir de la modernidad, es cada vez más difícil pensar en Europa como una unidad. El surgimiento de las naciones dio lugar a un proce­so de particularización. Se fueron desarrollando los diversos países, con distintos proyectos, con lenguas particulares, con idiosincrasias propias, con maneras singulares de enfrentar los problemas. Sin embargo, cada uno de los modelos paradigmáticos reseñados han planteado, al mismo tiempo, un proyecto de unificación de Europa a partir de su propia particularidad. A tal punto se dificulta la percepción de Europa como unidad, que a partir de la modernidad, los filósofos (en todas las ramas del saber) comenzaron a formar tradiciones nacio­nales, con características singulares, y a las que hay que prestar atención para comprender las categorías y los discursos de los pensadores individuales.

6. La conciencia del siglo XVII: el «barroco»

6.1. Introducción

Se ha caracterizado a la cristiandad medieval como un período de larga estabilidad fundado en la certeza de la intervención de Dios en la historia, dirigida a la salvación. Allí se ponen en relación dos planos de la realidad[8] que son el cielo y la tierra. La vida en la tierra es sólo una «prueba» para la verdadera vida: la vida eterna, el cielo.

Entre el 1450 y el 1550 (período que coincide con el punto culminante del desarrollo «eotécnico»[9]) se desarrolla, siguiendo lineamientos presentes en la revolu­ción franciscana, la etapa del Renacimiento. El arte renacentista ya no tiene como ideal el símbolo, que es la representación de la unión del cielo y de la tierra, sino que representa la belleza de la naturaleza misma. También la ciencia manifiesta este interés por la naturaleza como tal. Tal preocupación se manifiesta, entre otros casos, en el empeño de Leonardo da Vinci por estudiar esa constitución natural de los cuerpos, por ejemplo, en la estructura de los múscu­los del caballo o del hombre. En el Renacimiento se manifestó un delicado equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre lo espiritual y lo material, entre el cielo y la tierra, donde lo sagrado y lo profano estaban entremezclados en la belleza de lo real, de la naturaleza armoniosa, y donde esa realidad era aceptada tal como era. Un historiador del arte dice que “el hombre del Renacimiento cree en Dios y, a la vez, es capaz de los mayores crímenes, atrocidades e inmoralidades, de los que la historia política y social de esta época nos da innumerables testimonios. Cree en el más allá, pero al mismo tiempo se afirma fuertemente en este mundo. El arte nos brinda los ejemplos dignos de nota que ilustran fehacientemente acerca de esta diferencia entre ambas épocas [Edad Media y Renacimiento]: La Divina Comedia, del Dante, cuyo tema es esencialmente ultraterreno y pertenece a las postrimerías de la Edad Media; y, por otra parte, la pintura renacentista que, en incontables cuadros, divide el plano de la tela reservando la parte superior para escenas del cielo y la inferior para las de la tierra” [10].

El período inmediatamente posterior (1550-1700) es una etapa de conmoción, de desorden, de inseguridad y de duda, a la que se dio el nombre de barroco. El mundo medieval se fue derrumbando desde sus bases, al mismo tiempo que aparecieron una nueva concepción de la naturaleza y del cono­cimiento científico; una nueva clase social, que luchaba por ser reconocida y por obtener un espacio de poder; una nueva institu­ción política particular (la nación) junto con la organización del Estado moderno y la Reforma, que pone en cuestión la universalidad de la Iglesia y postulando su separación del Estado; una nueva fundamentación de la filosofía a partir de la razón humana, de un «sujeto» autónomo, para el cual la autoridad de la fe y la fe en la autoridad son radicalmente puestas en cuestión[11].

Es sólo a partir del período siguiente (1700-1800) que se impuso una línea, una decisión dentro de los proyectos que se postularon durante la etapa del barroco en una desordenada multiplici­dad, en una conjunción de creación y crisis, de gran riqueza y contradicciones extremas. Esta línea que triunfó y se desarrolló en el siglo XVIII es el Iluminismo. Es la filosofía cartesiana llevada a convicción: la creencia en el poder ilimitado de la razón humana para conocer la estructura de la naturaleza, dominar sobre la realidad y construir la sociedad sobre bases racionales.

6.2. Las características del barroco

El siglo XVII muestra un mundo cambiante: las estructuras feudales se fueron modificando aceleradamente, se desarrollaron conocimientos novedo­sos, se descubrió el «Nuevo mundo», cambió la percepción de la realidad, la Cristiandad se vio dividida por la Reforma y las guerras religiosas. Las bases del mundo anterior se derrumbaron sin que pudieran desarrollarse otras que las pudieran reemplazar.

El arte creó imágenes en las que esta realidad se plasmó y expre­só plásticamente. Los autores representaban el mundo como locura, desorden, sueño e ilusión: La república del revés de Teerson, o La vida es sueño de Calderón, o la expresión de Shakespeare: “La vida es un cuento contado por un idiota” son ejemplos de esta conciencia de la incertidumbre. También El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes: expresa un mundo en el que no se sabe quién es el loco y quién es el cuerdo. Se ha producido el choque de dos épocas que no se comprenden y el autor no dice quién tiene razón. Es un mundo caótico, en el que el hombre no puede encontrar su camino.

El mismo caos e idéntica mezcla puede verse en las pinturas de Jeró­nimo Bosch y de Pedro Bruegel[12]. Es un mundo inseguro y terrible, en el que los demonios y la muerte están omnipresentes. Bruegel pintó un cuadro estupendo, titulado La parábola de los ciegos, en el que se puede ver a varios ciegos tomados de la mano, en fila. El que encabeza la caravana lleva un bastón para tantear el camino, pero cae en un zanja, arrastrando a los que le siguen, mientras que los últimos de la fila no saben qué ocurre ni qué les va a pasar. El lazarillo es un personaje característico y paradigmático en esta época. Es un pícaro que se vale de los ciegos para sobrevivir.

El mundo era representado como caótico y desordenado y el hombre que lo habitaba era concebido como un ser malo. Así lo percibieron Gracián en España y Hobbes en Inglate­rra. “El hombre es un lobo para el hombre”, dice Hobbes, pues su condición natural es la guerra generalizada, una guerra de todos contra todos. San Francisco asumía la pobreza, la enfermedad o el dolor para hacer efectiva la redención del pecado, pero concebía a todas las creaturas como naturalmente buenas, por ser obras de Dios. Para los hombres del barroco, cada momento es una encrucija­da en la que se debe elegir y optar, pero en la que ya no se tienen «signos» que guíen la decisión y ya no basta la certeza de la fe. El hombre se encuentra solo ante la decisión. Ya no hay mediaciones de la comunidad de la fe o de la cultura para una decisión que es individual y que depende del sujeto autónomo y aislado. El hombre del barroco debe resolver por sí mismo las decisiones fundamentales, como Hamlet, el protagonista de la tragedia de Shakespeare, al que se enfrenta con la disyuntiva decisiva: “¿ser o no ser?” sin la ayuda un plan divino que indique el sentido de la salvación (como en la tradición judeo-cristiana) o un destino cósmico inexorable que determine los acontecimientos (como en la tradición greco-romana).

En el barroco, el mundo comenzó a percibirse desde la absoluta libertad de la subjetividad individual. Gracián lo expresó diciendo que los ojos de cada uno tiñen el mundo, siendo todos los hombres tintoreros de la realidad. El mundo se percibe desde el sujeto, desde el yo individual. Esta conciencia de sí mismo o «autoconciencia» se expresó en los retratos y en los «autorretratos», en los que lo fundamental es la conciencia que está detrás del rostro y donde se manifiesta una tensión entre la forma y la conciencia (como en las obras de Rembrandt). De alguna manera, las pinturas y las esculturas de Miguel Angel ya expresaban esta tensión en el período inmediatamente anterior, en las figuras desproporcionadas, contrahechas y a punto de estallar. El Cristo de El Juicio final en el fresco de la capilla Sixtina expresa una profunda tensión. La armonía del Renacimiento expresada en el Cristo plácido y armonioso de un pintor como Rafael se había quebrado.

El mundo, que durante el período de la cristiandad medieval se fundaba en la certeza de la salvación, comenzó a presentarse como sostenido desde el sujeto, y en consecuencia, dependiendo de la decisión humana. La característica del siglo del barroco[13] es que, durante este período, las nuevas bases aún no se habían afirmado o coexistían con el orden antiguo.

El problema que expresa la pregunta de Hamlet es paradigmáti­co. Es un problema típico del barroco. Es un problema moderno. Es lo que se plantea la cultura occidental en su conjunto en este momento histórico. Es el equivalente para la representación, para el teatro, para el arte, de la duda cartesiana. Para Descartes -como para Hobbes- el hombre es absolutamente libre. Dice Descartes en las Meditaciones metafísicas: “Sólo la voluntad que experimento en mí es tan grande que no conozco la idea de ninguna otra más amplia y más extensa: de suerte que es ella principalmente la que me hace conocer que yo llevo la imagen y la semejanza de Dios”. El sujeto humano se define por su voluntad libre y creadora, capaz de controlar las pasiones por medio de la razón. Pero la consecuencia inmediata de esta libertad infinita es la inseguridad y la duda. Sin la limitación que ejercía el orden del mundo cristiano medieval, orientado por el plan de salvación divino, que indicaba el camino del cielo, en el que se podía interpretar la realidad histórica como acción de Dios que guía, el hombre del barroco aceptó la realidad tal como es, independientemente de su valor simbólico, suprimiendo el trasfondo sagrado, para que apa­rezca la estructura cognoscible.

Desde la filosofía cartesiana, la realidad tiene una trama, una serie de leyes, que el hombre puede conocer a través de la razón. Este hombre libre tiene un instrumento (la razón) que puede dar cuenta del conjunto de la realidad, la puede aprehender. Pero, justamente porque es libre de hacerlo, duda. ¿Cuál es el método cartesiano? La duda. Más aun: Descartes necesita de un método porque se tiene que aproximar a una realidad para la cual no tiene una pauta previa. Ni el orden de la revelación ni el destino sirven ya de guía. Tiene que dudar porque nada se sostiene, porque todo ha cambiado. La duda está en la base. ¿Y cuál es la certeza para Descartes? La razón. La certeza se traslada de la fe a la razón. La certeza depende del hombre como sujeto, de su decisión racional. El siglo XVII se caracteriza por la transformación del sujeto absoluto de la creación y de la historia (Dios) en el sujeto humano racional y libre. El barroco es un período de crisis en toda Europa, porque es una etapa en la que este princi­pio de la libertad, y su correlativo, la duda, aparecen en todos los planos de la existencia. El mundo cartesiano es el del sujeto que se ha separado del fundamento divino, que duda y que no encuentra más apoyo que en sí mismo. Se consti­tuye una nueva concepción de la realidad, en la cual el sujeto humano y el mundo están radicalmente separados: dos substancias, res cogi­tans y res extensa, substancia pensante y substancia extensa, alma y cuerpo. No sólo se escinden el sujeto del objeto sino que el primero está radicalmente divido en dos caras: razón ordenadora y voluntad libre creadora. El pensamiento de Descartes no desarrolla una filosofía del ser ni una teología sino filosofía del sujeto.

La misma inseguridad (pensada desde la perspectiva política) encontramos en los escritos de Hobbes, donde se expresa la volun­tad de poder creciente de la burguesía, al mismo tiempo que su debilidad histórica, ya que necesitó aliarse con la monarquía absoluta, para vencer a la nobleza terrateniente. Era una burguesía que sólo puede contar con su propia acción ya que no tenía ningún fundamento en la tradición, en la sangre o en la ascendencia divina de sus miembros.

Los monarcas y sus cortes fueron los actores principales de este período, por lo que los historiadores lo han llamado la «época del absolutismo». Los monarcas centralizaron y monopoliza­ron el poder, creando aparatos estatales y administrativos podero­sos, que intervinieron en la vida de los pueblos. Francia, la España de Felipe II o la Inglaterra de Isabel I y Enrique VIII son los paradigmas de esta etapa. La cultura barroca es pues, en gran parte, una cultura cortesana, un estilo de y para la nobleza.

La imagen del poder está ligada al espacio público y a una autoridad pública que se manifiesta en ese espacio. El poder es visible: el soberano absoluto, primero, hace ostensible su autori­dad con símbolos (el bastón, la corona, el palacio, las cortes, etc.); el pueblo, después, explicita su poder en el parlamento, en el control del ejército y las finanzas. Dos nociones básicas están ligadas a esta concepción del poder donde unos dan órdenes y otros obedecen[14]: ellas son las de soberanía y ley (o legitimidad). La ley fue concebida al comienzo como un instrumento de la monarquía, restringiendo la libertad de los súbditos, prohibiendo actividades, limitando iniciativas. Es esencialmente coercitiva, represiva. Después, la ley fue apropiada por los sectores nobles y burgueses, sirviendo de protección contra la arbitrariedad de las monarquías absolutas y despóticas.

7. Las transformaciones técnicas

Siguiendo la caracterización que hace Mumford[15] de las fases del desarrollo técnico, la primera etapa, llamada «eotécnica», culmina en el siglo del barroco. Es una etapa que se remonta a varios siglos atrás. Es un período preparatorio, con características, sin embargo, propias. Las fuentes principales de energía son el agua y el viento, mien­tras que sus materiales básicos son la madera y la piedra. También cobra importancia el uso cada vez más generalizado del vidrio y del cristal; especialmente como elementos dinamizadores, pues de ellos se hacen lentes (que mejoran las posibilidades naturales de la visión), se hacen ventanas (por donde ingresa la luz dentro de las casas, a pesar de las condiciones climáticas adversas), y se hacen espejos (donde es posible mirar-se con claridad y tomar conciencia del propio cuerpo).

Mumford advierte que “el uso del espejo señaló el principio de la biografía introspectiva en el estilo moderno, es decir, no como un medio de edificación sino como una pintura del yo, de sus profun­didades, sus misterios, sus dimensiones internas. El yo en el espejo corresponde al mundo físico que fue expuesto a la luz por las ciencias naturales en la misma época; era el yo in abstracto, sólo una parte del yo real, la parte que uno puede separar del fondo de la naturaleza y de la presencia influyente de los demás hombres. Pero hay un valor en esa personalidad del espejo que otras culturas más ingenuas no poseen. Si la imagen que uno ve en el espejo es abstracta, no es ideal o mítica; cuanto más preciso es el instrumento físico, cuanto mejor es la luz, más implacable­mente muestra los efectos de la edad, la enfermedad, la decepción, la frustración, la astucia, la codicia, la debilidad, todo ello parece tan claramente como la salud, la alegría y la confianza. Cuando se encuentra uno en perfecto estado de salud, y de acuerdo con el mundo no necesita uno del espejo, es en el período de desintegración psíquica cuando la personalidad individual se vuelve hacia la imagen soledosa para ver qué hay allí, de hecho, y qué es lo que puede agarrar, y fue en el período de la desintegra­ción cultural cuando los hombres empezaron a levantar el espejo hacia la naturaleza exterior”[16].

Tres inventos caracterizan este período: el reloj mecánico (del cual ya se habló[17]), la imprenta y la fábrica. En relación a la imprenta, dice M. McLuhan: “...Del mismo modo que lo impreso fue lo primero que se produjo en masa, fue también el primer «producto» uniformemente repetible. La línea tipográfica de tipos móviles hizo posible un producto uniforme y tan repetible como un experimento científi­co.[...] En este pasaje no solamente señala el arraigo de hábitos lineales, de secuencia, sino también, y es aun más importante, la homogeneización visual de la experiencia en la cultura de la imprenta, y la relegación a segundo término de la complejidad auditiva y de los otros sentidos. [...] La imprenta existe en virtud de una separación estática de funciones, y fomenta una mentalidad que resiste gradualmente cualquier perspectiva, excepto una perspectiva separativa, compartimentadora o especialista. [...] Se da, pues, esta gran paradoja en la era de Gutemberg; que su aparente dinamismo es cinemático, en estricto sentido cinemato­gráfico. Es una serie coherente de fotogramas estáticos o «puntos de vista», en relación homogénea. La homogeneización de hombres y materiales llegará a ser el gran programa de la era de Gutemberg, la fuente de riqueza y poder desconocida en cualquier otro tiempo o tecnología”[18]. Por su parte, Mumford comenta: “la imprenta fue desde el principio un com­ple­to logro mecánico. No sólo eso, fue el modelo para todos los futuros instrumentos de reproducción, pues la hoja impresa, aun antes que el uniforme militar, fue el primer producto totalmente estandardi­zado, manufacturado en serie, y los mismos tipos móviles fueron el primer ejemplo de piezas del todo estandardizadas e intercambia­bles. Verdaderamente un invento revolucionario en todas las esfe­ras[19].

En relación a la fábrica, Mumford dice que “simplificó la recogida de materia prima y la distribución de los productos terminados, y facilitó asimismo la especialización de los conocimientos y la división de los procedi­mientos de producción; finalmente, proporcionando un lugar común de reunión a los trabajadores superó parcialmente el aislamiento y la falta de ayuda que afligía al artesano después de que la es­tructu­ra de los gremios ciudadanos se desorganizó. La fábrica tenía en fin un doble papel, era un agente de regimentación mecá­nica, como el nuevo ejército, y era un ejemplo de auténtico orden social, adecuado a los nuevos procedimientos de la industria. Bajo cual­quier aspecto, era una invención significativa. Por un lado, dio un nuevo motivo para la inversión capitalista en la forma de compañía con capital social y proporcionó a las clases gobernantes un arma poderosa; por otro, sirvió de centro para una nueva espe­cie de integración social e hizo posible una coordinación eficien­te de producción que sería valiosa bajo cualquier orden social[20].



[1] En realidad, Europa es concebida como una unidad desde fuera de Europa (por ejemplo, desde América del Sur); pero desde sí mismos, sus actores son las diferentes naciones: la colonización española, las conquistas portuguesas, el comercio holandés, la expansión inglesa, etcétera.

[2] Repetto, A.: 1973, p. 53.

[3] Si los naturales de América eran o no humanos, si tenían o no alma (y en consecuencia si podían ser evangelizados), si podían ser hombres libres, etc.

[4] Aun cuando este reconocimiento haya sido sólo formal o jurídico (y no lo fue solamente), el que el problema haya podido plantearse y discutirse indica una conciencia clara de la situación. Algunos erudi­tos han planteado, que en la legislación española de Indias, (el derecho de gentes) ya están presentes in nuce los «derechos del hombre», que formula­rá la Ilustración francesa recién hacia fines del siglo XVIII.

Si el debate se dio, se pudo haber resuelto en otra forma. Pensemos -para comparar esta resolución- en el tratamiento dife­rente que Gran Bretaña dio al problema a través de su política hacia los negros africanos, que les negó todo reconocimiento humano, a fin de proveer de mano de obra esclava a sus colonias (situación que continuó en los siglos posteriores, y que llegó a plantearse recién el siglo XVIII, y no se resolvió sino hasta el siglo XX).

[5] Horkheimer, M.: 1982, p. 46.

[6] Denis, H.: 1970., pp. 90 y 97.

[7] La conquista de la India, de Sudáfrica e incluso los enclaves coloniales en América del Norte son ejemplos de este tipo de empresas. Es en este sentido, que los británicos han desarrollado sistemáticamente una política tendiente a no fusionarse ni mestizarse. Su acción ha consis­ti­do en enclavar una suerte de «sucursales» comerciales por todo el mundo y centralmente en los lugares de paso, donde se había con­cen­trado en tráfico.

Muy diferente ha sido la política española: la colonización de América tendió a incorporar a los nuevos territorios al Impe­rio, pero a partir de un mestizaje étnico y cultural. En este senti­do es interesante la observación que hizo Andrés Gallego relativa a la novedad que resulta de la colonización: “una inte­gración y un mestizaje que crea una nueva cultura”. Y como el desarrollo de toda cultura es un proceso complejo y difícil, la tarea demanda un tiempo mucho mayor que en el modelo de conquista desarrollado por los británicos. Ello explica (según el autor citado) que los resultados británicos hayan sido más rápidos y «eficientes», pues sólo se transportó un patrón inalterable; mientras que en el modelo español los valores, las instituciones, la lengua, y los modos de vida, sufrieron una mutación profunda al asentarse en América. Esto ocurrió hasta tal punto, que la misma identidad europea sufrió una transformación como efecto del mesti­zaje: se repensó la teología, se reformuló el derecho (Vitoria y Suárez), se alteró la econo­mía, se escribió una gramática (Nebri­ja), se meditó sobre la naturaleza humana (Humanismo), etc..

“Esta peculiar instalación de América en el mundo, en el espacio y en el tiempo, se manifiesta en la constitución misma de la cultura americana, que se desarrolla y aparece en la historia como una matriz unificadora, que recoge, absorbe, sintetiza y trasmuta todo lo que llega a su suelo, aun aquellos que constitu­yen agresiones y tentativas de destruir el núcleo profundo, último e irreductible del ser americano.”

“Esta virtud unificadora se encuentra en los mismos fundamen­tos históricos de América, expresada en múltiples rasgos muy definitorios, donde se destacan como hechos peculiares, por una parte, la voluntad mestizadora de la conquista y la colonización y, por la otra, la relación entre cristianismo y cultura que se establece únicamente en América: profundamente ligados e interpe­netrados, al punto que quizá la cultura americana sea la única cultura genuinamente cristiana, es decir cristiana desde y en sus orígenes.”

“Es justamente esta vocación de síntesis, esta virtud de unidad, esta aptitud para trasmutar tradiciones culturales diver­sas lo que, al mismo tiempo, particulariza y universaliza a Améri­ca. Hay una vocación de universalidad en su propia particularidad cultural” (Podetti, A.: 1981, p. 8).

[8] Los dos «órdenes» de la tradición hebrea o las «dos ciuda­des» de san Agustín.

[9] Ver infra punto 7.

[10] Repetto, A.: 1973, p. 52.

[11] Las tres posturas principales en el pensamiento del siglo XVII (escepticismo, racionalismo y empirismo) responden a esta actitud fundamental.

[12] Pintores que vuelven a ser contemplados desde nuestra época como contemporáneos, precisamente por la realidad que representan.

[13] Es importante señalar que gran parte del proceso de coloniza­ción de América del Sur fue realizado desde esta conciencia barro­ca. Esta es una conciencia plenamente moderna, aunque no iluminis­ta o burguesa, sino barroca. Hubo (hacia fines de la década del '60) un famoso debate en las ciencias sociales, acerca de si la colonización efectuada por españoles y portugueses había sido moderna o no. En aquella discusión no siempre estuvo claro el significado de la palabra «moderna», y se tendió a confundirla con el proceso desa­rrollado por la burguesía iluminista en el siglo XVIII.

[14] Con independencia de que haya habido un deslizamiento desde el monarca «absoluto» hacia la delimitación de la soberanía legítima y el establecimiento de los derechos de resistencia al despotismo.

[15] Mumford, M.: Técnica y civilización, Madrid, Alianza Editorial, 3a. edición, 1979.

[16] Mumford, M.: 1979, pp. 146-7.

[17] Cf. Capítulo 11, 4.1. La transformación de la concepción del tiempo.

[18] McLuhan, M.: La galaxia Gutemberg, Madrid, Aguilar, pp. 180-3. Cf. pp. 221 ss. la relación entre la imprenta y el pensamiento de Descartes.

[19] Mumford, L.: 1979, p. 152.

[20] Mumford, M.: 1979, p. 155.

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