viernes, 9 de abril de 2010

CAPÍTULO 6: EL IMPERIO ROMANO

Esta obra está protegida por derechos de autor ISBN 987-9248-58-9


EL IMPERIO ROMANO

1. Introducción

En este capítulo se destacarán algunos elementos que permitan bosquejar el concepto de la universalidad que se desarro­lla en la tradición romana. Roma, por un lado, representa la continuidad de la tradición griega helenística; por otro lado, su confluencia con el cristianismo (portador a su vez, de un nuevo concepto de universalidad) marca los orígenes de la cultura occidental. Desde esta perspectiva, san Agustín es el primer gran pensador en el que confluyen ambas tradi­ciones y donde comienzan a entrelazarse los diversos conceptos de universalidad de los que son portadores.

¿Desde qué punto de vista interesa aquí estudiar Roma? El problema a través del cual se va a interpretar la historia del mundo romano es cómo una ciudad se convirtió en imperio. Dicho de otra manera: cómo una comunidad local análoga (no idéntica) a la polis griega y al cúmulo de ciudades esparcidas por el Mediterráneo y que tiene una estructura interna acorde con las características de esa «conciencia local», se va desarrollando, expandiendo y conteniendo dentro de la estructu­ra que construye a las demás ciudades del Mediterráneo. Y las contiene dentro de un único orden político, lingüístico, religio­so, económico, militar, etc..

Interesa ver qué sucede con la institución ciudad para que se transforme en un imperio, cómo se resuelve el problema de generar un orden institucional apto para incluir a una conciencia local, a todo un mundo en el que existen centenares de tradiciones diferen­tes, con diversas visiones del mundo e historias particulares, con sistemas e instituciones políticas, económicas, religiosas, socia­les, etc. propios. Se comparará constantemente la polis griega con el imperio, de manera que podamos mostrar las semejanzas y las diferencias entre la conciencia local y la conciencia universal, entre la ciudad y el imperio.

2. El ejemplo de Alejandro

El efímero imperio de Alejandro se deshizo inmediatamente después de su muerte, escindiéndose en tres reinos: el de los Antigónidas, el de los Seléucidas y el de los Ptolomeos, siguiendo la herencia dinástica de sus generales. Pero la expansión de Alejandro sobre el Oriente, que se caracteriza históricamente como «época helenística», originó una simbiosis cultural cuyos límites no se pueden precisar. Los diversos cultos orientales se fueron mezclando con la mitología griega, a la vez que la ciencia y la filosofía griegas se expandían por las nuevas ciudades “cosmopoli­tas”: Alejandría, Antioquía, Seleucia, etc.. Estas ciudades tenían una dimensión mucho mayor a las polis griegas y al estar en las vías de comunicación y comercio con el lejano Oriente, reunían gentes de las más diversas procedencias. El griego se convirtió en la lengua universal.

La biblioteca de Alejandría reunió todo lo producido por la cultura griega hasta entonces, y por ella pasaron investigadores como Aristarco, quien ya en el siglo III a.C. pensaba que la tierra giraba alrededor del sol y sobre su propio eje o como Eratóstenes, quien calculó con cierta aproximación las dimensiones del planeta donde habitamos. Fue también en Alejandría donde se tradujo la Biblia al griego (Septuaginta), en la que se basaron muchos de los primeros cristianos.

A partir de esta época, expresando esta nueva conciencia se desarrollan tres escuelas filosóficas que tendrán una amplísima difusión tanto geográfica como temporalmente: el epicureísmo, el escepticismo y el estoicismo. Todas ellas harán hincapié en la individualidad, la que ya no encontrará su esencia en la polis como comunidad, sino que se irá concibiendo progresivamente como autosuficiente. La decadencia de la polis tuvo como consecuencia un vaciamiento de su esencia en la abstracción de la conciencia. El individuo ya no se reconoce en la comunidad local, se separa, se auto-nomiza, se escinde de la eticidad, de las leyes de la polis.

Esta universalización y abstracción del helenismo servirán de puente entre la cultura griega y la romana, hasta el advenimiento del imperio de Augusto. Pero hay que destacar antes algunos elementos del desarrollo de la ciudad de Roma.

3. Elementos de la historia de Roma

3.1. La monarquía

Roma tiene una histo­ria institucional común con muchas ciudades del Mediterráneo, pero llega un momento en el que adquiere una particularidad y originalidad que la diferencian de todas las demás. Se inició como un conglomerado de familias, entre las que triunfó finalmente una e instauró la monarquía. Después de un período monárquico (en el que el rey solía aliarse con la plebe, en contra de los nobles patricios), se llegó a un punto aparente­mente intermedio, en el que quedó planteada la estructura de la «república» romana. Esa estructura inicial la constituían el monarca o rey, las familias y la plebe. Las familias eran las que primero llegaron al lugar, apropiándose la tierra. La plebe en cambio, estaba com­puesta por ex-esclavos o por personas que habían perdi­do sus posesio­nes por una u otra razón o por los primitivos habi­tantes agrarios de la comarca, sobre los cuales se habían impues­to las familias de guerre­ros.

La monarquía se alió entonces con la plebe para mantener el equilibrio entre las distintas familias terratenientes. Este fue un proceso que se dio en todo el ámbito del Mediterráneo, (también en Grecia). Cuando se constituyó la «república», la estructura política era un aparente equi­librio entre estas tres fuerzas.

3.2. La «res publicae»

Las familias terratenientes triunfaron finalmente sobre la monarquía creando una nueva estructura y nuevas instituciones. Todos los jefes de las familias participaron de una nueva institu­ción: el Senado. Sólo se podía participar de él por lazos de sangre, siendo parte de alguna de las grandes familias. El senado dictó las leyes de Roma. Sin embargo, pronto se vio la necesidad de que la ejecución se centralizase y para ello se instituyó el Consulado. El cónsul era elegido por un año entre los senadores y su función era ejecutar las leyes que el senado promulgaba. Para que no hubiese demasiada concentración del poder en una persona, se decidió que los cónsules sean dos y que las resoluciones sean tomadas por unanimidad.

Ahora bien, el criterio por el que son elegidos los cónsules evolucionó. Los lazos de sangre fueron desplazados por otros criterios, como por ejemplo, la riqueza: los que tenían una determinada renta podían elegir a los cónsules, de manera análoga a la legislación de Solón en Atenas, lo que implicó la incorporación progresiva de nuevos sectores enriquecidos. Pero los cónsules concentraron el poder ejecutivo por períodos de un año, mientras que el senado conserva su poder permanentemente.

Hacia el 490 a.C., la rebelión de la plebe determinó la creación de un nuevo cargo: el tribuno de la plebe. Éste era elegido por la plebe y tenía como prerrogativa el poder de vetar las leyes, con las cuales sus representados no estuviesen de acuerdo. Podía también proponer leyes al senado. Era un cargo con un poder relativamente fuerte, en representación de los que no pertenecían a las grandes familias y no tenían poder económico[1].

Aparte de estos poderes, estaba la Asamblea del Pueblo, de la que participaban todos los ciudadanos romanos, pero que tenía injerencia sólo en lo religioso y en la aplicación de ciertos castigos, siendo su influencia muy escasa.

Esta estructura, por la cual los romanos como Cicerón, se jactaban de que habían alcanzado un equilibrio institucional único en la historia, que contenía las virtudes de la monarquía, de la aristocracia y de la democracia, con un balance de los distintos tipos de poder, es la esencia de la «república» romana. Es una aparente síntesis pero donde el poder efectivo y permanente estaba en el sena­do, que expresaba a las grandes familias y que podía preparar las cosas para que, cuando fuese necesario, todo cambiase un poco para que todo siguiera igual.

El problema que interesa ver aquí es cómo el senado estaba indisolublemente ligado a la conciencia local, es decir, a la conciencia de la república, y cómo sería incapaz de resistir las enormes contradicciones sociales que implicaron la expansión romana; cómo el senado dependió de la estructura insti­tucional de la república y su conciencia, estrechamente ligada a la ciudad de Roma (conciencia local), y fue incapaz de flexibili­zarse lo suficiente como para contener la nueva realidad. De alguna manera, el Imperio romano fue una larga batalla contra el senado.

3.3. La expansión de Roma y los problemas nuevos

En los apartados siguientes se esquematizarán algunos hechos decisivos, en rela­ción a estas contradicciones, que se plantearon a Roma en su proceso de expansión. Roma comenzó a expandirse rápidamente, desde que se constituyó como república, por toda la zona aledaña, conteniendo a las ciudades que la rodea­ban y asentando legiones permanentes. Se extendió luego, por toda la península itálica, y desde allí comenzó a dominar el mar Medi­terráneo. Se enfrentó entonces (y triunfó) con los cartaginenses (la potencia occidental más importante), los macedonios, los griegos, y hasta las potencias del medio oriente, convirtiéndose en la primer estructura universal en tanto abarcaba todo el ámbito del Mediterráneo (incluyendo el medio Oriente).

La expansión generó nuevos factores en el seno de Roma, e hizo surgir nuevas problemáticas que tuvieron que resolverse con métodos novedosos, pero el senado no tuvo la flexibilidad necesa­ria para hacerlo. Esto acarreó la ruptura del equilibrio de la república. ¿Cuáles fueron los problemas nuevos que se presentaron? Ellos son: la crisis agraria, la expansión de la ciudadanía romana, el progresivo poder del ejército y las intrigas internas del Senado.

3.3.a. La crisis agraria: el problema económico-social

Las grandes familias terratenientes, no iban ya a las gue­rras; sólo las dirigían. Los ejércitos triunfantes que volvían de las guerras de conquista con botines fueron el origen de nuevos sectores sociales enriquecidos (que no pertenecían a la aristocracia). Paralelamen­te a la expansión militar se desarrolló el intercambio comercial con los otros pueblos. Los sectores ligados al comercio exterior, tampoco provenían de las grandes familias. Todos estos grupos: militares enriquecidos, comerciantes, artesanos, etc., acrecenta­ron muy rápidamente su poderío económico. Al no ser sectores que tuvieran lazos sanguíneos con la aristocracia de las familias repre­sentadas en el senado, se generó un enorme poder económico fuera del senado, que no tenía una real representación política.

Esta situación creó nuevos problemas sociales ligados a la urbanización. Los campesinos querían ir a Roma, ya que el enrique­cimiento era más rápido desempeñándose como artesanos o comercian­tes, que cultivando la tierra para los señores. Paralelamente, los señores compraron cada vez más tierras, concentrándose la propie­dad rural en pocas familias. La primer gran crisis (llamada «crisis agraria») se produjo en Roma alrededor del año 130 a.C., y fue protagonizada por los hermanos Gracos. Éstos, como tribunos de la plebe, intentaron llevar adelante una serie de reformas. Plantearon una alianza entre los nuevos sectores y la plebe, proponiendo leyes de reforma agraria, para subdividir la propiedad de la tierra y garantizar el regreso de una masa ociosa en términos productivos, al campo, fracturando así el poder econó­mico del senado. La ley de reforma agraria propuesta por los Gracos atacaba todas las contradicciones económicas resultantes de la crisis agraria. El impulso a estas medidas, provocó una gran agitación en Roma y una primera división en partidos: el partido del senado y el partido de la plebe, con grandes enfrentamientos internos. Esta primer crisis llegó a su término con la derrota de los Gracos.

3.3.b. La ciudadanía romana: el problema político

La segunda crisis provino de la misma causa general, pero en otro aspecto particular. La causa general fue el conjunto de contradicciones provocadas por la expansión. Si Roma hubiese seguido siendo una pequeña ciudad no hubiese pasado por nada de esto. El mismo problema genera consecuencias políticas.

¿Cuál era este aspecto? Para tener derechos políticos, como para elegir a los tribunos, a los cónsules, y también otros car­gos, como ediles, pretores, etc. (que eran cargos más administra­tivos dentro de la estructura política romana), había que ser ciudadano romano. Ahora bien, eran ciudadanos romanos solamente los romanos nativos libres (lo cual no era una novedad para una ciudad erigida en el ámbito del mar Mediterráneo, pero significaba un problema para una ciudad que se había expandido por casi todo el Mediterráneo y gobernaba un extensísimo territorio).

Como consecuencia de ello, la mayoría de los súbditos de esa enorme república romana no tenía derechos políticos, pero quería tenerlos, ya que contribuía con impuestos , soldados, recursos, etc.. El problema que se presentó, fue que los pueblos que habían sido sometidos a Roma, comenzaron a luchar por la ciudadanía, porque querían participar de los derechos de los ciudadanos. Este problema fue constante en la historia de Roma desde la expansión: primero entre los pueblos itálicos, después con los demás pueblos sometidos en todo el ámbito del mar Maditerráneo.

El problema radicaba en que la extensión de la ciudadanía a los pueblos no romanos implicaba una disminución cada vez mayor del poder del senado, porque perdía peso en la elección de los cónsules, y porque las grandes familias se diluían en el mayor número de ciudadanos que participan de las decisiones.

Un acontecimiento desencadenante, fue la revuelta de Livio Druso con todos los pueblos del Lacio[2], quienes querían ser ciudadanos romanos o independizarse. La revuelta se extendió a toda Italia, pero finalmente Druso fue derrotado. Sin embargo, el senado (siempre sabio) admitió la incorporación de los pueblos a la ciudadanía romana, conteniendo el fermento político. Pero en la concesión del senado había una trampa: todos los ciudadanos ten­drían derechos políticos en Roma. De esta forma, para ejercer los derechos políticos, tendrían que trasladarse hasta la ciudad de Roma. Por ejemplo, para la elección de un cónsul, los ciudadanos del norte de Italia tendrían que viajar hasta la ciudad. Esta limitación relativizaba el poder cedido.

Cuanto más se extendió Roma, más problemas se generaban, y las soluciones no eran perdurables. Se fueron perfilando los partidos cada vez más, y el partido de la plebe fue creciendo a medida que los nuevos sectores se fueron incorporando: los nuevos ricos, los segmentos sociales en ascenso, los nuevos ciudadanos, etc.

3.3.c. El poder de las legiones: el problema político-militar

El tercer factor crítico, que entró en juego, fue el crecien­te poder del ejército, que apareció sobre los dos partidos. El ejército había sido el vehículo de la expansión de Roma y de su consolidación; de manera, que cuando más se expandía Roma, más importancia tenía el ejército. A partir del último siglo antes de Cristo, el ejército tuvo una activa ingerencia en las decisiones políticas del partido del senado, inclinando la situación hacia un lado o hacia el otro.

Pronto el equilibrio se rompió: el factor decisivo del ejér­cito se hizo manifiesto durante el consulado de Mario, miembro del partido de la plebe, que tomó el poder con el apoyo del ejército, haciendo cumplir las leyes de los Gracos. Pero Sila (el otro cónsul, miembro del partido del senado) enfrentó a Mario con otra parte del ejército y lo venció. Tras perseguir a los miembros del partido de la plebe y abolir la legislación decretada por Mario, Sila renunció con el fin de mantener el orden institucional de la república.

Como la situación era muy grave, Sila se vio obligado a tomar todo el poder en sus manos; sin embargo, al ser miembro del parti­do del senado, no se atrevió a dar el paso siguiente (que luego dio Julio César): la institución del Imperio. ¿Por qué no lo hizo? Porque Sila tenía la conciencia del senado: quería mantener la estructura republicana, que correspondía a Roma como ciudad, como conciencia local.

4. Más allá de la conciencia local: hacia el Imperio

Lo que Sila no se había atrevido a hacer, lo realizó alguien que había sido tribuno de la plebe y que había conducido la expan­sión romana por las Galias: Julio César entró con sus legiones en Roma y concentró todo el poder en sus manos.

¿Cómo se resolvió la contradicción? Julio César actuó apresu­radamente mandando matar a muchos senadores y poniendo a sus amigos en el senado, rompiendo el orden institucional anterior y colocándose a sí mismo como única figura. De ese modo, concentró todo el odio del senado en su contra, y finalmente murió asesina­do. Después de muchas luchas lo sucedió su sobrino e hijo adopti­vo: Octavio, más tarde llamado Augusto. En las interpretaciones de algunos historiadores aparece como una figura de segundo plano, como alguien que no tuvo mucha capacidad o importancia, cuando en realidad fue una de las figuras más hábiles y complejas de la historia de Roma.

Augusto trató de no cometer los mismos errores de Julio César. Después de vencer a varios enemigos militarmente, actuó con mucha sabiduría y muy lentamente. Declaró primero, que todo el poder residía en el senado, mientras que él sólo se reserva el mando perpetuo del ejército. Para Augusto, la institución fundamental de Roma seguiría siendo el senado y los senadores, a cambio, lo nombraron jefe del senado. Paulatinamente, Augusto obtuvo los cargos de tribuno permanente, cónsul permanente, admi­nistrador único de los bienes de Roma, y siguió siendo el jefe del senado. De esa manera, al caer el senado Augusto fundó el Impe­rium, concentrando el poder, dinásticamente, en una persona duran­te los próximos siglos de la historia romana.

Lo que interesa resaltar aquí, es cómo se desarrolló esta contradicción entre la ciudad y el imperio en forma institucional y cuáles fueron los factores que entraron en juego. Lo que no resistía era aquella estructura republicana, en la cual de una u otra mane­ra, un grupo permanente (el senado) controlaba el poder. Paulatinamente surgió la necesidad de concentrar el poder en un punto y desde allí administrar para el conjunto. Aristóteles decía que una polis de más de cien mil habitantes era absurda; Roma contenía hacia el primer siglo antes de Cristo muchos más, y por ello necesitaba otro tipo de estructura institucional.

5. La institución del «Imperium», como resolución de los problemas nuevos

¿Cómo evolucionaron las contradicciones entre la expansión de Roma y la estructura republicana? Estas contradicciones eran: 1) socio-económicas, 2) políticas, y 3) político-militares; y provinieron fundamentalmente del desarrollo expansivo de Roma, e hicieron que la crisis fuese cada vez más grave. La incapacidad para contener una nueva realidad fue el punto central de la crisis de la institución republicana. Aquella nueva realidad sólo podía ser contenida mediante una transformación total del sistema, que resultó ser una estructura radi­calmente diferente a la de la república.

Lo que tuvo que hacer Augusto inmediatamente, y después de él sus sucesores, fue dar cuenta de este problema. Reducido a términos muy fácticos, es un problema de escala, un problema de número: ¿cuántos eran los habitantes de Roma? Es una ciudad que contiene a millones y que se extiende por todo el ámbito del Mediterráneo. ¿Cómo se resolvía su gobierno? ¿Cuál era la estructura institucio­nal que podría abarcar ese desarrollo? La respuesta que dio Augusto fue la concentración del poder en un punto y la administración centrali­zada del conjunto. Para ello, instituyó dos estructuras: (a) Por un lado, creó un ejército profesional. Al ejército ya no se perteneció como ciudadano en servicio, sino que pasó a ser una estructura profe­sional, permanente. Los cargos militares no fueron más rotativos ni electivos (el cónsul era automáticamente jefe del ejército). Augusto creó un ejército profesional, con una escala de mandos permanente. (b) Por otro lado, instituyó una escuela de administración pública. Es decir, creó especialistas en administración, funcionarios permanentes del estado, que realizaban sus carreras sin estar sujetos a elecciones.

Esto puede parecer (en nuestra época) una trivialidad, porque el Estado actualmente se organiza de una forma muy parecida, pero en esa época en el ámbito del Mediterráneo, era muy novedoso. Lo importante es que el gobierno de la comunidad pasó a manos de especialistas, de profesionales, que dedicaban su vida a esta mi­sión. La tarea pública fue desempeñada por un grupo de personas que, independientemente de todo criterio de sangre o de riqueza, se dedicaban permanentemente y profesionalmente a la administración de la «cosa pública».

De este modo, se creó una estructura que se desarrolló por sobre todo el imperio, y que fue conducida y gobernada desde el centro. Desde Roma se desarrollaron los sistemas de correos, de aduana, de caminos, de impuestos globales, hasta llegar (hacia el fin del imperio romano) a los sistemas de precios máximos, a la prohibición de que los campesinos salgan de sus tierras a fin de garantizar la producción, a la obligación de mantenerse en el mismo oficio de generación en generación para cada familia, etc.. Es decir, un gobierno y una administración cada vez más centralizadas y más rígidas.

La polis era una estructura por el cual todos eran responsables en la «cosa pública»; todos participaban de las decisiones; no había especialistas en la tarea de gobernar; todos tenían incumben­cia en lo que concierne a todos. Dejando de lado las contradiccio­nes propias de la época, como la esclavitud, todos sabían y decidían acerca de lo que era común. Los individuos no estaban por encima de la comuni­dad, sino que ésta era su esencia.

Roma generó un sistema por el cual el ciudadano tuvo derechos políticos, pero la «cosa pública» estaba en manos del funcionario, que realizaba las tareas por aquél. Había especialistas en lo común, en la «cosa pública», que realizaron la tarea en lugar de los demás. La participación de los ciudadanos en la «cosa pública» estaba mediatizada por esa estructura de funciona­rios. “Mediatizada” en el sentido de que esta estructura de fun­cionarios era intermediaria entre la «cosa pública» real y los ciudadanos mismos. Esta estructura del imperio romano tuvo la característica fundamental de ser externa a los individuos que pertenecían al imperio. Es decir, que el imperio romano, formalmente, abarcó a la totalidad del ámbito geográfico y a la totalidad de los seres humanos que estaban contenidos en él, y sin embargo, solamente los funcionarios pertenecieron interna­mente a la estructura. Para los demás miembros del imperio, esa estructura era externa y realizaba por ellos algo que ellos mismos no hacían.

Roma = Emperador




Red estructural

de especialistas = ABSTRACTA

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AMBITO DEL IMPERIO

Dibujamos con una línea la representación del ámbito del Imperio romano en cuanto geografía y seres humanos. Arriba tenemos un punto que representa a Roma como centro. Las flechas que parten del centro hacia la línea representa la estructura administrativa, que abarca desde el centro todo el espacio geográfico y humano del imperio. El punto es también la representación del emperador, que centraliza el poder y la red de instituciones (aduana, correo, ejército, cobradores de impuestos, etc.) está ocupada por los funcionarios que se especializan en desarrollar esas tareas y no otras. Los que están en la estructura administrativa no producen. Los que producen están representados por la línea (agricultores, artesanos, pastores, mineros, etc.)

Esta red estructural es para los representados en la línea externa. Formalmente, el estado romano abarca, pero realmente es externo, ya que ellos no participan de esta estructura. La parti­cipación que tenían los griegos con cargos rotativos en los pues­tos públicos y en el ejército o los mismos romanos durante el tiempo de la república, ya no existe.

En este sentido, es una estructura abstracta. ¿Qué quiere decir abstracta? Que se desarrolla no a partir de la totalidad de las partes que componen el todo, sino desde alguna de las partes que se impone a la totalidad. No se desarrolla a partir de la totalidad de las partes que componen el imperio, sino que se desarrollo a partir de una de ellas (desde el emperador) y se im-pone uniformemente sobre la totalidad. Eso es lo que hace que sea una estructura externa a todos los miembros que componen el impe­rio. Por eso decimos que es abstracta. No es algo que ellos puedan vivir concretamente por haberlo desarrollado desde su propia conciencia y su propia acción, sino desde la conciencia y la acción de alguna parte de ese todo que la impone al resto.

Un ejemplo, que puede aclarar en qué sentido es abstracta esta estructura, es el del circo romano y su diferencia con la tragedia griega. Para los griegos la tragedia es una fiesta en la cual se desarrolla algo que pertenece a la totalidad de los ciuda­danos; porque para el desarrollo de la tragedia hay un concurso al que todos pueden presentarse; los miembros del coro son sorteados entre los presentes; cualquiera puede participar y ser actor de la obra; los temas que se desarrollan en la tragedia no son nunca originales sino reelaboraciones de los mitos. En toda tragedia ya se sabe de antemano lo que va a pasar. No es la novedad lo que se va a ver, sino que se va a vivir una experiencia colectiva, una fiesta, en la cual todos participan.

El circo romano, en cambio, es un espectáculo. ¿Qué diferen­cia hay entre fiesta y espectáculo? La fiesta es algo en lo que todos participan, todos son activos. El espectáculo es algo en lo cual algunos actúan y otros observan, miran a los especialistas en el arte y en la tarea aparentemente festiva. La “fiesta” del pueblo romano era una en la cual todo el mundo iba al Coliseo a observar cómo los profesionales (los gladiadores) se mataban entre sí. Independientemente del problema de si son gladiadores o si son actores que hacen una comedia, lo que nos interesa recalcar es cuál es la relación entre el pueblo y la acción: ésta es externa al pueblo, que asiste a ese espectáculo. En términos estrictos: se trata de un espectáculo y no de una fiesta. El arte ya no es más una tarea colectiva, sino que se transforma en un espectáculo, en el que los profesionales actúan y el resto va a ver.

Otro ejemplo, es el del derecho y la lex [ley]. Entre los griegos de la época de Solón, la ley de la polis es expresión de la ley del kosmos. Es ethos, las costumbres ancestrales, que organizan la vida comunitaria. Es un código no escrito, donde el griego encuentra su esencia y fundamento. Es lo que es desde la totalidad, desde la comunidad, desde la polis, y la polis es lo que es desde el orden y la armonía del kosmos. En la época de las guerras del Peloponeso comienza a dibujarse una primera fractura: el surgimiento de la individualidad, que se va separando de su esencia, de la eticidad, de las leyes de la polis, comienza a producirse así una separación entre la comunidad y la conciencia individual.

¿Qué sucede con la lex romana? Los ciudadanos tienen un reconocimiento como individuos en la ley: formalmente todos los individuos son iguales ante la ley. Esto le va a permitir, por ejemplo, a san Pablo (que había heredado la ciudadanía romana), no permitir que se azotara sin juicio previo o apelar a la instancia suprema de juicio que era el emperador[3]. Pero este código escrito sólo regula las acciones manifiestas de los individuos y no su conciencia, su interioridad, que quedaba así sin reconoci­miento. En Grecia el individuo era reconocido en su vida interior y en su muerte, en tanto pervivía en la comunidad, que era su esencia más profunda. La ley romana sólo podía reconocer la exte­rioridad de las acciones, mientras que la interioridad de las convicciones o las intenciones, quedaba reservada a la conciencia individual. Así, la brecha entre lo interior y lo exterior es cada vez más profunda. El individuo, al no ser reconocido, al no super­vivir en la comunidad, comienza a perder el sentido de su muerte, y la vida individual se convierte cada vez más en la satisfacción hedonista e inmediata. Y cuando la satisfacción inmediata se convierte en lo más importante y en el sentido, la muerte se convierte en lo peor y en el sinsentido. La ley romana mediatizaba el reconocimiento de los individuos por la comunidad, pero un reconocimiento exterior, abstracto, que deja fuera la interioridad más profunda. La ley se extiende e iguala a todos los individuos como ciudadanos, pero deja fuera la particularidad de cada uno, su interioridad. Se universaliza y uniformiza a costa de la exclusión de la particularidad, de lo singular.

Hay una separación, una abstracción en todos los órdenes de la realidad. Este hecho se va desplegando en toda la vida de Roma y es el que produce la más profunda separación entre esa totalidad que es el imperio y el individuo. Cada uno de los habitantes de Roma está contenido en esa estructura que es el Imperio, pero sólo en parte, porque sólo externamente pertenece a ella.

Esto es esencial para el desarrollo de la tradición greco-romana. Notemos que hemos pasado de una estructura, que era la polis, con una conciencia local, en la cual no había un interés por lo que estaba más allá de esa conciencia local particular, por una estructura en la cual los hom­bres supieran que habían creado un sistema organizativo al cual pertene­cen múltiples particulari­da­des, diversas tradiciones humanas (conciencia univer­sal). Si la polis se aísla de todo lo que es externo a ella, el imperio con­tiene todo lo que es externo a él, o, mejor dicho, va conteniendo lo que inicialmente es externo a él.

Simultáneamente, en la polis todos participan de la decisión. La «cosa pública» es problema y responsabilidad de todos y por ello es algo concreto. Hay con ello una especie de unidad interior de la polis, dada por la participación de todos. ¿Qué sucede en el imperio? Hay una separación en la acción que tiene por fin lo que es común a todos los miembros del imperio, ya que sólo unos pocos se hacen cargo de la totalidad. Para la mayoría de los habitantes y aún de los ciudadanos, no hay responsabilidad ni participación en la decisión acerca de lo que incumbe a todos. El imperio no es concreto, sino que es abstracto, es externo a los individuos.

Una estructura que debía contener una diversidad tan amplia, tuvo que necesariamente cristalizarse de manera progresiva. Por su lógica interna, por tener que organizarse por compartimientos estancos, tuvo que volverse más rígida cada vez, al responder a las propias contradicciones que generaba el sistema. Todo actuaba a través de especializaciones fragmentadas y estaba gobernado desde el centro. Ciertas actividades penosas fueron evitadas por todos. ¿Para qué afrontar -por ejemplo- las durezas de la vida campesina, si en la ciudad se tiene la posibilidad de enriquecerse rápidamente y sin tanto esfuerzo? Pero al tener que reali­zarlas, porque eran imprescindibles, el imperio debió legis­lar de manera que se garan­tizase su realización perma­nentemente. Ello condujo a una legislación cada vez más rígida y a la inmovilidad social.

La noción de imperio era realmente una abstracción para todo ciudadano. Era un poder que se im-ponía y obligaba a actuar según ciertos carriles. El imperio de Augusto fue mucho más flexible que los desarrollos posteriores, cada vez más cristalizados. El impe­rio se fue haciendo más rígido, con un predominio cada vez mayor de la fuerza militar. El ejército se asentaba en las fronteras del imperio e incorporaba a su seno a los bárbaros, a los pueblos exteriores al imperio, que querían ingresar a él. Los bárbaros fueron haciendo carrera en el ejército y llegaron a ser generales. En los últimos ciento cincuenta años del imperio, fue emperador el que tuvo el ejército más fuerte, por lo que comenzaron a apare­cer emperadores bárbaros (egipcios, macedonios, etc., que incluso no sabían hablar latín, la lengua universal). Esto fue posible en tanto en este sistema el estado se había vuelto una estructura abstracta, y los miembros del imperio no tenían participación ni responsabilidad. Comenzaron a ser distintas concentraciones de poder las que tomaron a su cargo los destinos de la estructura y con ello creció la inflexibilidad. Esta infiltración de los bárba­ros en la estructura imperial fue una de las causas de la decaden­cia del imperio.

Así describe Mayer este proceso: “A partir de la época del emperador Cómodo (180-192 d.C.), el imperio sufrió una crisis económica dura. Sólo mediante la vigilancia, la coacción y la organización pudo mantenerse el poder del estado. Los campesinos quedaron ligados al suelo; la industria y la artesanía, sujetos a la supervisión del estado. La vida se hizo más dura, más ruda. Las ideas militaristas, absolutistas de los gobernantes se unían con las ideas de igualdad, pobreza, trabajo y la esperanza de reden­ción de las masas. Así se desintegraron finalmente las viejas formas de vida”[4].

Pero para poder comprender este desarrollo que desemboca en la caída del imperio romano, debemos comprender paralelamente, el desarrollo de la otra tradición que confluye en los orígenes de Occidente, y que es la judeo-cristiana. Esta tradición, como ya hemos adelantado, es portadora de un concepto diferente de univer­salidad, que se sintetizará de diferentes maneras con el greco-romano, a lo largo de la historia occidental.




[1] La astucia del senado, que primero concedía y después quitaba, puede mostrarse mediante un ejemplo gráfico: el senado ofreció que hubiese más de un tribuno, que la plebe tuviera más de un repre­sentante, que hubiese diez tribunos. Pero toda propuesta de los tribunos debía ser hecha por unanimidad. A partir de ese momento, el poder de la plebe se dividió en diez, y al senado le fue más fácil controlar ese poder aparentemente aumentado, pero efectiva­mente fraccionado.

[2] El Lacio era la región aledaña a Roma, que rodeaba a la ciudad.

[3] Cf. Hechos 23, 25-29; 25, 11.

[4] Mayer, J.P.: Trayectoria del pensamiento político, México, F.C.E., 1961, p. 44.

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